Hollywood le hace una reverencia a Sam Altman (y eso debería asustarnos)

Hollywood le hace una reverencia a Sam Altman (y eso debería asustarnos)

Este artículo está basado en la información publicada por The Verge en su sección de entretenimiento y tecnología: “Hollywood is bending the knee to OpenAI”. La noticia revela que Netflix, A24, Focus Features y Clockwork (Warner Bros.) han declinado adquirir los derechos de distribución de Artificial, el nuevo biopic del director Luca Guadagnino sobre el cofundador y CEO de OpenAI, Sam Altman. Solo Neon y Mubi siguen mostrando interés.

El biopic que nadie en el poder quiere tocar

Hay una escena en El Padrino que todos recordamos aunque no la hayamos visto: la del hombre que se despierta con una cabeza de caballo en su cama. Un mensaje mudo, pero absolutamente inequívoco. Lo que está ocurriendo ahora mismo en Hollywood con Artificial, el biopic que Luca Guadagnino está rodando sobre Sam Altman, se parece sospechosamente a eso. Nadie ha dicho nada en voz alta. Pero el mensaje es cristalino.

Netflix ha pasado. A24 ha pasado. Focus Features ha pasado. Clockwork, el sello de Warner Bros., también. Cuatro de los distribuidores más relevantes e influyentes del ecosistema audiovisual contemporáneo, mirando hacia otro lado ante un proyecto firmado por uno de los directores más aclamados del momento —el mismo que nos regaló Challengers, Bones and All y Call Me by Your Name—. Si esto fuera una película, diríamos que el guión se está escribiendo solo.

Guadagnino no es un director menor

Aquí es donde la historia se vuelve verdaderamente interesante, y un poco perturbadora. No estamos hablando de un proyecto indie de presupuesto ajustado con un director novato. Estamos hablando de Luca Guadagnino, un cineasta italiano que en los últimos años se ha convertido en uno de los narradores visuales más importantes del planeta. Un tipo que sabe exactamente cómo hacer que el deseo, la ambición y el poder se vean en pantalla de una forma que duele y fascina a partes iguales.

Que ese director haga un biopic sobre Sam Altman —el hombre que quizás más que ningún otro está redibujando los contornos de nuestra civilización tecnológica— debería ser un acontecimiento cinematográfico de primer orden. El tipo de proyecto por el que las distribuidoras normalmente se peleando a codazos. Y sin embargo, silencio. Pasillos vacíos. Agendas de repente ocupadas.

Cuando los guardianes culturales del cine independiente americano —esos que se llenan la boca con la libertad creativa y la valentía narrativa— deciden mirar hacia otro lado ante una historia incómoda, algo se ha roto en el sistema.

El elefante en la sala de proyecciones

Seamos directos, porque la situación lo merece: OpenAI y Sam Altman tienen tentáculos en casi todos los sectores de la economía digital. Amazon —uno de los mayores inversores en OpenAI— tiene su propio brazo de producción y distribución cinematográfica. Netflix lleva años integrando herramientas de inteligencia artificial en sus procesos internos y necesita mantener relaciones cordiales con los proveedores de esa tecnología. Warner Bros. Discovery está en plena reestructuración y no puede permitirse enemigos poderosos. Y A24, el sello cool por excelencia, tampoco es ajena a las realidades financieras del mercado.

¿Hay pruebas directas de que OpenAI o Altman hayan presionado para que nadie distribuya la película? No. No las hay. Y precisamente eso es lo más inquietante del asunto. No hace falta una llamada telefónica amenazante ni un correo electrónico comprometedor. En el capitalismo de plataformas, las relaciones de poder funcionan exactamente como la gravedad: invisibles, constantes, y enormemente efectivas.

Nadie prohíbe nada. Solo se generan condiciones en las que ciertas cosas simplemente no ocurren.

Neon y Mubi: los últimos bastiones del cine incómodo

En este panorama, el hecho de que Neon y Mubi sigan interesados en el proyecto dice mucho sobre ambas plataformas, y también sobre el estado del sector. Neon es el sello que se atrevió con Parasite cuando nadie apostaba por un film surcoreano con subtítulos para llevarse el Oscar a mejor película. Mubi ha construido toda su identidad en torno a la idea de que el cine difícil, incómodo y sin red de seguridad es precisamente el que merece existir.

Son, en cierto sentido, los únicos adultos en la sala. O los únicos lo suficientemente pequeños —o lo suficientemente ideológicamente consistentes— como para no tener nada que perder.

Pero aquí surge otra pregunta que no podemos ignorar: ¿tendrá Artificial el alcance que merece si solo la distribuye Mubi? Una plataforma maravillosa, sí, pero de nicho. Un biopic sobre el hombre más influyente de la industria tecnológica global, relegado a las pantallas de los cinéfilos de guardia mientras los multiplex proyectan la última secuela de franquicia. Habría algo casi poético en esa ironía, si no fuera tan profundamente sintomático.

El espejo que Silicon Valley no quiere ver

Sam Altman es, en muchos sentidos, el personaje del momento. Un tipo que habla de salvar a la humanidad con una mano mientras negocia valoraciones billonarias con la otra. Que predica sobre los riesgos existenciales de la IA desde la empresa que más está haciendo para acelerar esa misma IA. Que tiene la habilidad casi sobrenatural de presentarse siempre como el adulto responsable en la sala, sea cual sea la sala.

Que Guadagnino —un director obsesionado con los deseos contradictorios, las máscaras sociales y la violencia que se oculta bajo las superficies elegantes— quiera retratar a ese personaje en pantalla suena a una combinación explosiva. Y quizás precisamente por eso, los grandes distribuidores han decidido que prefieren no estar cerca cuando explote.

Hollywood siempre ha tenido una relación complicada con el poder real. Hace películas sobre presidentes corruptos, banqueros sin escrúpulos y magnates despiadados. Pero cuando el poder en cuestión es el que firma los cheques de su propia transformación tecnológica, de repente la valentía narrativa tiene sus límites.

Lo que este momento revela sobre nosotros

Más allá del cine, esta historia es un síntoma de algo más amplio y más preocupante. Vivimos en un momento en que las empresas de inteligencia artificial —y OpenAI en particular— se han convertido en actores culturales, económicos y políticos de primer orden en un tiempo récord. Y con ese poder ha llegado una especie de inmunidad informal, una zona de confort en la que la crítica seria encuentra demasiados obstáculos estructurales para prosperar.

Los periodistas que dependen de acceso a fuentes en Silicon Valley se autocensuran. Los académicos que reciben financiación de estas empresas modulan sus conclusiones. Y ahora, aparentemente, los distribuidores cinematográficos calculan si poner su nombre en un biopic que podría incomodar al hombre del momento.

Que Luca Guadagnino ruede la película de todas formas, y que haya quien quiera distribuirla aunque sea en circuitos más pequeños, es en sí mismo un acto de resistencia cultural. No dramática, no heroica. Pero real.

Que nadie de los grandes quiera estar cerca de ella dice todo lo que necesitamos saber sobre quién tiene realmente el poder en 2025. Y no es Hollywood.

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