La IA vende productividad porque es lo único que le queda al capitalismo tardío. Pero…
La IA está perdiendo: el castillo de arena más caro de la historia
Este artículo está inspirado en el ensayo “The AI Industry Is Losing”, publicado por Ed Zitron en su newsletter Where’s Your Ed At, uno de los análisis más incisivos y documentados sobre el estado real de la industria de la inteligencia artificial.
El cohete más caro del mundo que no sabe a dónde va
Hay una escena clásica en los westerns: el pistolero que llega al pueblo entre nubes de polvo, con música épica y promesas de cambiar todo para siempre. El pueblo se rinde a sus pies. Los inversores aplauden. Y entonces, al cabo de un tiempo, alguien se da cuenta de que el pistolero solo sabe disparar al aire.
Eso, en esencia, es lo que está ocurriendo con la industria de la inteligencia artificial en 2025. Ed Zitron lo dice sin anestesia: la IA está perdiendo. No en términos de cobertura mediática —esa sigue siendo desproporcionada, casi obscena—, sino en lo que realmente importa: el modelo de negocio no cierra, los costes son astronómicos y la promesa de monetización masiva sigue siendo, fundamentalmente, una promesa.
Miles de millones de dólares buscando una factura
Pensemos en números. OpenAI, Anthropic, Google DeepMind, Meta AI… estamos hablando de empresas que queman capital a una velocidad que haría palidecer incluso a la era puntocom. El chiste fácil sería compararlos con una startup de patinetes eléctricos. Pero la realidad es más inquietante: aquí hablamos de infraestructura de computación masiva, centros de datos que consumen la electricidad de ciudades enteras y modelos que requieren reentrenamiento constante.
El problema no es que la tecnología no sea impresionante. Lo es. El problema es que impresionante no paga las facturas. Y en el momento en que empiezas a desgranar los números reales —no los de la presentación para inversores, sino los de verdad—, el cuadro cambia bastante.
“La industria de la IA ha construido una narrativa tan poderosa que cuestionar su rentabilidad se percibe casi como un acto de herejía tecnológica.”
Zitron lleva meses documentando, con una meticulosidad casi forense, cómo empresas como Anthropic o NVIDIA han construido valoraciones estratosféricas sobre proyecciones de futuro que, si las miras con frialdad, dependen de un crecimiento de adopción que simplemente no está ocurriendo al ritmo prometido.
El problema no es la IA, es el relato de la IA
Aquí es donde el análisis se vuelve más interesante. Porque Zitron no es un tecnófobo ni un ludita digital. Su crítica no va contra la inteligencia artificial como herramienta; va contra la industria de la IA como ficción financiera.
Existe una diferencia enorme entre ambas cosas, y conviene no confundirlas. Un martillo es útil. Pero si alguien te vende acciones de “la empresa que va a cambiar el concepto de clavar clavos para siempre” y luego resulta que la mayoría de la gente sigue usando martillos convencionales o directamente no necesita colgar cuadros, el problema no es el martillo.
La industria de la IA lleva años operando bajo una lógica que podríamos llamar profecía autocumplida por marketing: si declaramos con suficiente convicción que esto va a ser enorme, los inversores llegan, el dinero llega, los titulares llegan, y el ciclo se retroalimenta. Funciona hasta que deja de funcionar.
Los modelos de lenguaje no son el iPhone
Una de las comparaciones más recurrentes en Silicon Valley es la del iPhone. “La IA es el nuevo iPhone”, dicen. “Va a cambiar nuestra relación con la tecnología para siempre.” Y puede que tengan razón en algún sentido amplio y vago. Pero hay una diferencia estructural que esta analogía ignora convenientemente: el iPhone generó un modelo de negocio desde el minuto uno.
Apple vendía hardware con margen. Luego vendió apps. Luego servicios. El dinero fluía en una dirección comprensible. Con los modelos de lenguaje, el flujo es el contrario: el dinero entra de inversores y sale —a raudales— en computación. La monetización, por ahora, es una fracción minúscula de los costes operativos.
ChatGPT tiene millones de usuarios. Anthropic tiene contratos empresariales. Google lleva la IA integrada en casi todos sus productos. Y aun así, ninguno de estos actores ha demostrado que el negocio sea sostenible sin la inyección constante de capital externo. Eso no es un modelo de negocio; es una economía de subsistencia para ricos.
¿Y ahora qué? El momento en que el cuento se vuelve cuento
Lo más inquietante del análisis de Zitron no es el diagnóstico —que la industria está perdiendo dinero a escala épica—, sino la pregunta que deja flotando: ¿qué ocurre en cuanto los inversores pierdan la paciencia?
Los ciclos de hype tecnológico tienen una estructura reconocible. La burbuja puntocom, las redes sociales, el metaverso, las criptomonedas en su pico. Todos siguieron el mismo arco: euforia, inversión masiva, narrativa de “esta vez es diferente” y, tarde o temprano, el encuentro brutal con la realidad financiera.
Esto no significa necesariamente que la IA vaya a desaparecer. La burbuja puntocom destruyó a miles de empresas, pero también dejó en pie a Amazon y Google. Es posible que de este caos salga algo sólido. Pero para eso, alguien tiene que empezar a decir verdades incómodas, y la industria, por ahora, prefiere seguir con la música a todo volumen.
“Impresionante no paga las facturas. Y en el momento en que empiezas a desgranar los números reales, el cuadro cambia bastante.”
La responsabilidad de mirar sin gafas de realidad aumentada
Desde AneurisMAG llevamos tiempo advirtiendo de algo que parece obvio pero resulta políticamente incómodo en ciertos círculos: el escepticismo no es enemigo de la innovación, es su control de calidad. Cuestionar el modelo de negocio de la IA no equivale a negar su utilidad potencial. Equivale a exigir coherencia entre las promesas y los resultados.
Ed Zitron hace exactamente eso, con datos, con nombres propios y con una valentía editorial que escasea en un ecosistema mediático demasiado enamorado de sus fuentes publicitarias. Su newsletter no es lectura cómoda. Es, precisamente por eso, lectura necesaria.
El castillo de arena más caro de la historia sigue en pie. Pero la marea sube. Y los que están construyendo sobre roca deberían empezar a distinguirse de los que siguen apilando arena con cara de arquitecto.