Conectar tu email, calendario y archivos a una IA parece productivo. Pero hay una pausa…
Que arda la IA: el manifiesto que Silicon Valley no quiere que leas
Este artículo está inspirado en Let AI Burn, de Ed Zitron, publicado en su newsletter Where’s Your Ed At. Zitron es uno de los críticos más afilados y documentados del ecosistema tecnológico contemporáneo, y este texto es, probablemente, su obra más provocadora hasta la fecha.
El pirómano que avisa del incendio
Hay una escena en Don’t Look Up —la película de Adam McKay que dividió a la crítica y unió a los escépticos— en la que los científicos descubren que el cometa se acerca y nadie, absolutamente nadie con poder, quiere escucharlos. No porque no puedan entenderlo, sino porque entenderlo les costaría demasiado. Ed Zitron es, en el ecosistema tecnológico de 2024 y 2025, ese científico. Y su último texto, Let AI Burn, es la conferencia de prensa que nadie retransmite.
La tesis central de Zitron no es nueva, pero la forma en que la ejecuta sí lo es: la inteligencia artificial, tal y como se está construyendo y vendiendo hoy, es una burbuja sostenida por narrativa, no por valor real. Y lo que es más importante: el sistema que la financia tiene todos los incentivos del mundo para que esa burbuja no explote nunca… o para que, si explota, lo haga sobre los demás.
El cuento de nunca acabar: métricas que no miden nada
Una de las cosas que Zitron hace mejor —y que convierte su newsletter en lectura obligatoria para cualquiera que trabaje en tecnología, marketing o diseño digital— es diseccionar los números con bisturí. No acepta los KPIs de las grandes corporaciones como datos; los trata como lo que son: relatos.
¿Cuántos usuarios activos tiene realmente un producto de IA? ¿Qué significa “activo” en este contexto? ¿Alguien que lo abrió una vez y preguntó qué cenar? La industria tecnológica lleva décadas perfeccionando el arte de la métrica evanescente: números que impresionan en una presentación a inversores pero que se evaporan en cuanto los tocas. La IA generativa ha llevado esta práctica a su expresión más pura.
Pensemos en arquitectura: hay edificios diseñados para ser fotografiados desde un ángulo concreto. Son espectaculares en esa foto. Desde cualquier otro punto de vista, son mediocres o directamente feos. La IA que venden OpenAI, Google, Microsoft y compañía está diseñada para el ángulo de la demo. En producción real, en el día a día de una empresa mediana o de un trabajador de carne y hueso, los resultados son… consistentemente inconsistentes.
El dinero que no duerme, pero tampoco trabaja
Hay algo casi poético en la magnitud de las cifras que circulan alrededor de la inteligencia artificial. Miles de millones de dólares invertidos en infraestructura, en modelos, en startups con nombres que parecen sacados de un generador de nombres de startups. Y Zitron señala algo que debería hacernos perder el sueño: casi nada de ese dinero está produciendo retornos reales.
Esto no es una anomalía; es el diseño. El capital de riesgo no funciona buscando empresas rentables: busca empresas que puedan contar una historia lo suficientemente grande como para atraer más capital. Es el perpetuum mobile de la especulación tecnológica. Mientras la narrativa aguante, el juego continúa. Y la narrativa de la IA es, hasta ahora, prácticamente a prueba de balas, porque mezcla dos ingredientes irresistibles: miedo existencial y promesa mesiánica.
Te venden que si no adoptas IA ahora, tu empresa morirá. Y te venden que si la adoptas, todo se volverá mágicamente eficiente. Es el mismo truco que usaron con el metaverso, con las NFTs, con la blockchain empresarial. Solo que esta vez el truco tiene mucho mejor maquillaje, porque los productos de IA generativa sí hacen cosas. Cosas impresionantes, a veces. Cosas útiles, en ciertos contextos. Pero no las cosas que justifican las valoraciones, los gastos en computación ni el hype estratosférico.
NVIDIA: el único que siempre gana en una fiebre del oro
Hay una vieja máxima sobre la fiebre del oro californiana del siglo XIX: los que se hicieron ricos no fueron los buscadores de oro, sino los que les vendían picos y palas. Zitron lo sabe bien —tiene un análisis demoledor sobre NVIDIA en su newsletter premium— y en Let AI Burn ese fantasma sobrevuela cada párrafo.
Mientras OpenAI pierde dinero a escala industrial, mientras los proyectos de IA empresarial se estancan en fases piloto eternas, mientras los “agentes de IA” prometen revolucionar el trabajo y en realidad producen reuniones adicionales para gestionar sus errores, NVIDIA vende GPUs a todos lados. A los que creen en el hype y a los que lo fabrican. Es el negocio perfecto en un ecosistema imperfecto.
¿Y si dejamos que arda?
El título de Zitron es, en el fondo, una pregunta filosófica disfrazada de provocación. Que arda no es un llamamiento al nihilismo tecnológico. Es una invitación a imaginar qué pasaría si el sistema dejara de ser rescatado artificialmente por narrativa, por dinero público, por cobertura mediática acrítica y por el miedo colectivo a quedarse fuera.
¿Qué quedaría? Probablemente, tecnología útil. Herramientas concretas para problemas concretos. Modelos más pequeños, más eficientes, menos glamurosos. Aplicaciones que no necesitan ser presentadas en un keynote con música épica para demostrar su valor. En definitiva: productos, no mesías digitales.
Desde AneurisMAG llevamos tiempo observando cómo el ecosistema del marketing digital y el diseño web ha abrazado la IA con una mezcla de entusiasmo genuino y ansiedad existencial. Hay profesionales que han integrado estas herramientas de forma inteligente, como amplificadores de su propio criterio. Y hay organizaciones que han subcontratado su criterio directamente a un chatbot y llaman a eso “transformación digital”.
La diferencia entre ambas actitudes es exactamente la diferencia entre usar el fuego para cocinar y construir tu casa encima de él.
El lujo de la incomodidad
Leer a Ed Zitron es incómodo. No porque sea apocalíptico —hay críticos tecnológicos más catastrofistas y menos rigurosos— sino porque es específico. Nombra empresas, cita cifras, traza conexiones. No te permite el refugio cómodo de pensar que habla en abstracto.
En un panorama mediático donde la cobertura tecnológica oscila entre el press release disfrazado de artículo y el ensayo filosófico sin datos, esa especificidad es casi un acto subversivo. Let AI Burn no es solo un artículo sobre inteligencia artificial. Es un artículo sobre cómo funciona el poder en la industria tecnológica, sobre quién se beneficia de mantener viva una narrativa aunque los resultados no la justifiquen, y sobre el precio que pagamos todos —como trabajadores, como usuarios, como ciudadanos— por ese mantenimiento.
Que arda, entonces. No para destruir lo que funciona, sino para descubrir, finalmente, qué es lo que realmente funciona.