En los últimos años, la digitalización de las empresas se ha convertido en una necesidad…
Kowloon Digital: cuando el caos tiene más vida que el orden
Hay una fotografía de 1989 que debería colgar en cada oficina de producto digital del mundo. No es la portada de Wired. No es un mockup de Apple. Es una imagen aérea de la Ciudad Amurallada de Kowloon, en Hong Kong: una masa de hormigón y metal oxidado que no creció hacia arriba, sino hacia adentro. Un organismo. Una ciudad dentro de la ciudad que nadie diseñó, pero que funcionó durante décadas con una coherencia perturbadora.
Kowloon no tenía arquitecto. Tenía urgencia. Y esa urgencia, resulta, produce cosas que ningún plan urbanístico puede anticipar.
Ahora bien: ¿qué tiene que ver todo esto con la IA y con ese fenómeno que los angloparlantes llaman vibe coding? Pues exactamente todo.
El vibe coding es Kowloon con WiFi
Para quien no esté en el ajo: el vibe coding es la práctica de generar código mediante modelos de lenguaje —Copilot, Claude, GPT, el que tengas a mano— sin entender del todo lo que estás construyendo. Vas tirando del hilo, el modelo propone, tú aceptas, y el software como que funciona. No sabes por qué. No te importa demasiado. Hay una especie de fe ciega en el proceso que recuerda más a la ouija que a la ingeniería.
Los entusiastas lo venden como democratización. “Ahora cualquiera puede construir software.” Y sí, en cierto sentido, es verdad. Como era verdad que en Kowloon cualquiera podía abrir una clínica dental en el tercer piso de un edificio sin salidas de emergencia. La ausencia de barreras de entrada no es sinónimo de ausencia de consecuencias.
El vibe coding no es el futuro. Es una regresión a los años 90 con mejores herramientas. Es el salvaje oeste del software, pero con interfaz de chat.
En los 90, cuando Internet empezó a llenarse de webs construidas con tablas anidadas, GIFs animados y código copiado de foros oscuros, también había una energía creativa innegable. Pero esa energía venía acompañada de una deuda técnica que tardamos décadas en pagar. El vibe coding amenaza con repetir ese ciclo, solo que a una escala y una velocidad que el HTML de los 90 nunca alcanzó.
La ciudad que nadie planeó y que, sin embargo, respiraba
Aquí viene la parte incómoda: Kowloon funcionaba.
Tenía dentistas, médicos, restaurantes, guarderías. Sus habitantes desarrollaron sistemas de convivencia que ninguna ordenanza municipal podría haber codificado. Las tuberías se trazaban siguiendo lógicas que solo los propios fontaneros entendían. Los cables eléctricos formaban telarañas que, vista desde fuera, parecían un accidente esperando ocurrir. Y sin embargo, la luz llegaba. El agua corría.
Esto es lo que los defensores del vibe coding —y del desarrollo de IA sin guardarraíles— no quieren admitir del todo: que el caos a veces funciona. Que la ausencia de planificación central puede generar sistemas resilientes, creativos, inesperadamente eficaces. El problema no es que Kowloon existiera. El problema es que cuando demolieron Kowloon en 1993, nadie supo del todo qué habían destruido ni qué habían salvado.
Con la IA estamos en ese momento anterior a la demolición. Todavía estamos dentro, aún fascinados por la densidad y la energía del lugar, sin saber exactamente qué es lo que queremos conservar cuando decidamos ordenarlo todo.
El arquitecto invisible que necesitamos
Lo que la metáfora de Kowloon le exige al desarrollo de IA —y al diseño de experiencias digitales en general— no es un urbanista totalitario con planos perfectos. No necesitamos la ciudad de Haussman, esa París que se construyó arrasando barrios enteros en nombre de la racionalidad y el orden burgués. Eso sería el otro extremo: la IA regulada hasta la parálisis, los modelos tan alineados que ya no dicen nada interesante.
Lo que necesitamos es algo más parecido a un código de construcción. No un plan maestro, sino un conjunto de restricciones mínimas que eviten que el edificio del vecino aplaste el tuyo cuando tiemble la tierra.
En UX, llevamos años sabiendo esto: las mejores interfaces no son las que tienen más libertad de diseño, sino las que tienen las restricciones correctas. El sistema de diseño no mata la creatividad; la canaliza.
El vibe coding, sin ese código de construcción, produce software que funciona hasta que no funciona. Y cuando no funciona, nadie sabe por qué, porque nadie lo entendió cuando sí funcionaba. Eso no es un bug. Es una característica estructural del método.
Por qué esto importa ahora y no dentro de cinco años
Hay una tentación muy humana de pensar que los problemas de arquitectura —digital o de hormigón— se pueden resolver después. Primero construimos, luego ordenamos. Kowloon nos enseña que eso tiene un límite. Llegado cierto punto de densidad y complejidad, el sistema se vuelve irreformable desde dentro. Solo se puede demoler.
El ecosistema de herramientas de IA está en ese momento de densidad creciente. Cada semana aparece un nuevo modelo, un nuevo framework, una nueva forma de generar código sin entenderlo. La deuda técnica se acumula en capas que nadie documenta porque nadie las comprende del todo. Y mientras tanto, los productos digitales construidos sobre esas capas llegan a millones de usuarios que confían en que alguien, en algún lugar, sabe lo que está haciendo.
A veces ese alguien existe. Muchas veces es solo el modelo de lenguaje y un desarrollador que confió en el vibe.
La nostalgia del caos y la responsabilidad del diseño
Hay algo estéticamente hermoso en Kowloon. Hay algo estéticamente hermoso en la energía caótica del vibe coding, en esa democratización radical del hacer. No quiero ser el urbanista que llega con los planos y borra la magia. Pero sí quiero ser el que señala que la fotografía de 1989 es bonita precisamente porque la tomaron desde arriba, a distancia segura.
Los que vivían en Kowloon no la experimentaban como una obra de arte. La experimentaban como su realidad cotidiana, con todo lo que eso implicaba de precariedad, ingenio y adaptación constante.
El futuro del desarrollo con IA no puede ser una postal de Kowloon colgada en la pared de una startup de San Francisco. Tiene que ser algo más honesto: el reconocimiento de que construir sin entender tiene costes reales, que recaen sobre usuarios reales, en momentos reales. Y que el diseño —el buen diseño, el diseño como disciplina de pensamiento y no solo de apariencias— sigue siendo el único urbanismo que puede hacer habitables estos espacios digitales que estamos construyendo a toda velocidad.
Kowloon fue demolida. En su lugar hay un parque. Ordenado, accesible, con señalización clara y zonas de descanso bien iluminadas.
Nadie lo fotografía desde helicópteros.
Fuente original: «The Digital Kowloon», publicado en UX Collective.