Dieter Rams no usa ordenador. Y sus reglas son el antídoto perfecto contra el caos de la IA

Dieter Rams no usa ordenador. Y sus reglas son el antídoto perfecto contra el caos de la IA

El hombre que diseñó el silencio

Hay un tipo que pasó cuarenta años en Braun haciendo radios, calculadoras y maquinillas de afeitar. Objetos que la gente usaba sin pensar en ellos. Sin preguntarse por qué funcionaban. Sin tener que leer el manual. Ese tipo se llama Dieter Rams, tiene más de noventa años, vive rodeado de naturaleza y, según él mismo ha confesado, evita los ordenadores como quien evita las conversaciones en ascensor.

Y sin embargo, sus diez principios de buen diseño —escritos cuando el algoritmo más sofisticado del planeta era la calculadora de bolsillo HP— son hoy la crítica más lúcida que existe contra cómo la industria tecnológica está diseñando (o más bien atropellando) la inteligencia artificial.

Eso no es nostalgia. Eso es arquitectura conceptual que resiste el tiempo porque nunca fue sobre tecnología. Fue siempre sobre personas.

Diez mandamientos para una era que no los pidió

Los principios de Rams son conocidos en las facultades de diseño como los diez mandamientos del buen gusto funcional. El buen diseño es innovador, útil, estético, comprensible, honesto, duradero, minucioso, respetuoso con el medioambiente, discreto y —el más citado, el más ignorado— el buen diseño es el mínimo diseño posible.

Ahora bien: ¿cuántos productos de IA que has usado esta semana cumplen aunque sea la mitad de esa lista?

Pensemos en los chatbots que te responden con cuatro párrafos cuando la respuesta era una línea. En los asistentes que “razonan en voz alta” mostrándote su proceso interno como si fuera un mérito y no una señal de que aún no saben cómo resumir. En las interfaces que añaden un botón de IA a cada función existente porque el roadmap lo exigía antes de que nadie preguntara si era necesario.

“El buen diseño es honesto. No hace que un producto parezca más innovador, más potente o más valioso de lo que realmente es.” — Dieter Rams

Aquí está la ironía que duele: la IA generativa es probablemente la tecnología más propensa de la historia a violar este principio. Porque su pecado capital no es técnico, es retórico. La IA tiende a sonar más segura de lo que está, a parecer más capaz de lo que es, a simular comprensión donde hay estadística. Y los diseñadores que construyen sobre ella, bajo la presión de lanzar rápido, tienden a cubrir esa brecha con capas de UX cosmética en lugar de honestidad estructural.

La trampa de la magia como sustituto del criterio

Cuando el iPhone apareció en 2007, Steve Jobs lo llamó “magia”. Era una metáfora de marketing, claro, pero también era una trampa epistemológica que llevamos arrastrando casi veinte años: si algo parece mágico, no necesita explicarse. No necesita ser transparente. No necesita rendir cuentas.

La IA ha heredado esa retórica y la ha amplificado hasta niveles de sobredosis. “La IA lo hará por ti.” “No necesitas saber cómo funciona.” “Confía en el modelo.” Rams habría cerrado el portátil —si usara uno— con una expresión de cansancio sereno.

Porque su principio de diseño comprensible no pide que el usuario entienda la ingeniería. Pide que el producto haga evidente su lógica. Que cuando algo falle, el usuario sepa por qué. Que cuando algo funcione, el usuario sienta que tiene el control. La IA, en su estado actual de despliegue masivo, hace exactamente lo contrario: externaliza la comprensión y llama a eso “experiencia fluida”.

Menos features, más carácter

El Braun T3, la radio de bolsillo que Rams diseñó en 1958, tenía los controles justos para hacer lo que debía hacer. Ni uno más. Jonathan Ive lo citó como inspiración directa para el iPod, que a su vez tenía una sola rueda y un propósito clarísimo. Ambos productos envejecieron con dignidad porque no intentaban ser otra cosa.

Compara eso con cualquier producto de IA lanzado en los últimos dieciocho meses. La carrera no ha sido hacia la claridad sino hacia la acumulación de capacidades. Puede escribir, puede leer imágenes, puede navegar por internet, puede recordar tus conversaciones anteriores, puede generar código, puede hacer llamadas telefónicas en tu nombre… La lista crece cada semana como si la abundancia de funciones fuera la prueba de la madurez del producto.

Rams tenía una palabra para esto. La usaba como insulto: Durcheinander. Caos. Desorden. La confusión que surge cuando un objeto no sabe qué quiere ser.

“El buen diseño es el mínimo diseño posible. Menos, pero mejor, porque se concentra en los aspectos esenciales y los productos no se sobrecargan con lo no esencial.” — Dieter Rams

La honestidad como feature, no como opción de accesibilidad

Hay un debate creciente en la comunidad de UX sobre cómo diseñar la incertidumbre en los sistemas de IA. Cómo mostrar al usuario cuándo el modelo no sabe, cuándo está alucinando, cuándo su respuesta es una probabilidad estadística y no un hecho verificado. Es un debate técnicamente interesante y, en términos ramsnianos, debería ser la conversación central. No un apartado en la documentación de accesibilidad.

Porque si el diseño honesto significa no hacer que un producto parezca más valioso de lo que es, entonces diseñar interfaces de IA que proyecten una confianza que el modelo no tiene garantizada es, sencillamente, mal diseño. No es un matiz ético. Es un fallo funcional.

Los mejores productos de IA que han aparecido recientemente —y hay algunos, aunque pocos— son los que han tomado este camino incómodo: mostrar el razonamiento, indicar el nivel de confianza, hacer evidente cuándo el sistema está operando fuera de su zona de competencia. Es más difícil de construir. Es menos espectacular en la demo. Y es exactamente lo que Rams habría aprobado.

El diseñador que no necesita la pantalla para tener razón

Hay algo casi cinematográfico en la figura de Dieter Rams —un hombre de más de noventa años, sin smartphone, sin pantallas en casa, probablemente escuchando música en alguno de sus propios aparatos Braun— siendo más relevante para el futuro del diseño digital que la mayoría de ponentes de cualquier conferencia de tecnología.

No porque sea un romántico del pasado. Sino porque sus principios nunca fueron sobre los materiales ni sobre las herramientas. Fueron sobre la relación entre un objeto y la persona que lo usa. Y esa relación, en la era de la IA, está más rota que en cualquier momento de la historia reciente del diseño.

La velocidad de lanzamiento se ha convertido en el único KPI que importa. La utilidad real, la honestidad estructural, la durabilidad de la experiencia… son valores que se posponen para la versión 2.0 que raramente llega con esas intenciones intactas.

Rams no te va a decir cómo diseñar un LLM. Pero sí te va a recordar que diseñar con un LLM no te exime de hacerte las preguntas de siempre: ¿Para qué sirve esto realmente? ¿Es honesto con el usuario? ¿Podría funcionar con menos?

Si no tienes respuestas claras para esas tres preguntas, no tienes un producto. Tienes un Durcheinander con un logo bonito.


Artículo basado en el original de UX Collective: “Dieter Rams avoids computers. His ten rules still fit designing for AI”, publicado en uxdesign.cc.

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